I

Reconocí a Alexandre Paiva desde que me extendió la mano en el aeropuerto de Lisboa. Nunca hubiera podido olvidar ese cabello liso, brillante, de un dorado oscuro, y esos ojos grandes azules que inspiraban mis fantasías durante aquel curso de alemán en la universidad. Era mi primer semestre y necesitaba de esas clases para sobrevivir en los estudios de Farmacia, así como necesitaba de Alexandre Paiva para soportar la soledad y el silencio de ese invierno. Pero Alexandre Paiva no podía fijarse en aquella chiquilla insegura, aplastada y demacrada que era yo entonces. El miedo al rechazo me impidió desplegar alguna táctica de seducción. Me hubiera sentido un fantoche de solo intentarlo tal como me veía entonces, sin más que aportar a una relación salvo mi tristeza, mi decepción y mi familia desmembrada. El rechazo de Alexandre Paiva hubiera sido mortal para mí en ese momento.

Me emocionaba hallarlo dos veces por semana en aquella clase e ilusionarme con que ese día, por fin, él me miraría. Yo podía pasar la hora y media entera saboreando la contemplación de la barba incipiente de Alexandre Paiva, sus cejas gruesas y oscuras, el tono sonrosado de sus mejillas, su acento portugués tan melodioso cuando intervenía en las clases, sin que él percibiera cómo yo anhelaba su atención. Melodiosísimo sonó cuando me extendió la mano con su primera sonrisa hacia mí, a la salida del terminal en el aeropuerto de Lisboa. Frau Zellweger, me alegro de conocerla. Estaba parado al lado de otro hombre que sostenía un cartel con el logo del laboratorio que me había enviado a Portugal y mi nombre, «Anna Zellweger», escrito así, con dos enes, como solían hacer los alemanes y los suizos.

Antes de acercarme a la camioneta que me conduciría al hotel, acompañada de Alexandre Paiva y del otro señor, me miré en el reflejo de la puerta del terminal y comprobé que el abrigo y las botas me quedaban de lo mejor, y que el cabello largo, alisado, con reflejos rubios y capas que enmarcaban mis mejillas y caían sobre mis hombros, se veía como sacado de la peluquería aunque me lo había secado yo misma y había dormido durante casi todo el vuelo de una hora de Basilea a Múnich y el de dos horas de Múnich a Lisboa. Alexandre Paiva me hablaba en su alemán musical y hacía malabares con los comentarios que me seguía dedicando sobre la ciudad y el congreso que me había llevado a encontrarme con el representante del laboratorio en Lisboa, lanzándome frecuentes miradas desde el asiento delantero de la camioneta. Pero usted no es suiza, ¿verdad?, a pesar del apellido. No, soy venezolana, le dije. Nunca había conocido a alguien de Venezuela, comentó. ¿Nunca? ¿Verdad? ¿Seguro?

No podía creer que Alexandre Paiva no me reconociera. Durante el trayecto hasta el hotel, pensé que él saltaría en cualquier instante a decirme que era una broma por tanto que yo había cambiado y me preguntaría qué había sido de mi vida en los cinco años que habían pasado desde que él recibió su título de doctor en Química y regresó a Lisboa con ofertas de puestos académicos e industriales que esperaban su atención. Alexandre Paiva había estudiado alemán porque aspiraba a trabajar en un laboratorio alemán o suizo en el futuro, pero escribió la tesis doctoral en inglés y se movía en círculos de extranjeros que empleaban ese idioma como lengua franca. Antes de regresar a Lisboa, organizó una despedida en un café portugués que quedaba cerca de la universidad, alumbrado con velas, como les encantaba a los alemanes, y decorado con modelos de carabelas en los marcos de las ventanas. Ahora o nunca, me dije antes de la despedida, donde pretendía convencerlo de pasar la noche conmigo. Él llevó a una chica Bond de Eslovenia, altísima, de cabello negro y ojos azules, a quien le brindó galão y le dedicó toda una perorata en inglés que la mantenía de risita en risita. Yo suspiré con mi tacita de expreso, lo más barato del menú, que ahí mismo se enfrió, y le contestaba que sí a todo lo que me decía un vietnamita del curso a quien no le entendía ni papa. Regresé a mi residencia en medio de una noche llorosa. Fue mejor así, me decía para consolarme.

Creí que nunca lo volvería a ver y allí estaba, recogiéndome en el aeropuerto, pendiente de mí en el congreso, interpelándome en todos los almuerzos, ofreciéndome su ayuda, invitándome a quedarme en Lisboa ese fin de semana para pasear por la ciudad.

—No puedo —le contesté—. Voy a pasarlo con mi marido.

—Ah.

La decepción de Alexandre Paiva solo restalló un segundo. Cuánto hubiera deseado que me tratara así cuando lo conocí. Quería que me sacara de aquel estudio de Farmacia, de aquella ciudad lluviosa. Me imaginaba llegando a Lisboa con él. El portugués me resultaría facilísimo de aprender y de entender en comparación con el alemán. Imaginaba a una mamá gordita y bonachona sirviéndome opulentos platillos de cocina portuguesa y luego instruyéndome sobre cómo preparárselos a su hijo. Lo visualizaba visitando a mi familia. Contagiaría a mi madre con su sonrisa y se ganaría la aprobación de mi padre por sus logros académicos. Me casaría con él y tendría una vida sin vaivenes ni incertidumbres. Pero sus atenciones me llegaban cuando solo servían para desafiar mi estabilidad. No había mirado a otro hombre desde que conocí a Caspar, mi marido, y me jactaba de tener un matrimonio como un cristal, sin infidelidades, ni secretos, ni mentiras.

Pero era tan agradable dejarse seducir, ver a un hombre esforzándose en conseguir algo que ansía pero sabe que no puede tener, saborear un poquito de venganza después de tanto que me había ignorado Alexandre Paiva en el pasado. Lo saboreaba como el vino tinto que me estaba tomando con él en el bar del hotel durante mi última noche en Lisboa. A sorbitos, dejando que mis mejillas se enrojecieran, abriéndome al calor que podía emanar de un coqueteo. Alexandre Paiva fue quien sugirió que nos tomáramos una copa, después de la cena con los otros farmacéuticos del congreso en ese mismo hotel. Yo había hablado con Caspar en la tarde, así que no esperaba su llamada, y me parecía temprano para recluirme en la habitación. Es la última noche y solo para conversar, me dije, sin darme cuenta de que, si necesitaba justificarme a mí misma, era porque una alarma sonaba en mi interior. Nos sentamos en la barra. Alexandre Paiva estaba más bello y melodioso que nunca, de traje y corbata. También me encantaba con aquel suéter de cremallera que siempre llevaba al curso de alemán. Él se lo cerraba hasta la barbilla y yo se lo abría con violencia en mis fantasías, teniéndolo acorralado contra una pared.

Cuando me vi con Alexandre Paiva en el bar, me acordé de aquella novela de Stefan Zweig, Carta de una desconocida, donde una mujer se topa tres veces con un hombre sin que este se dé cuenta de que la había conocido antes. Fue el primer libro que leí completo en alemán. No quería romper la magia de aquel encuentro con Alexandre Paiva diciéndole quién era yo. Respondí a su curiosidad sobre mi trabajo y mi vida en Suiza, evité adrede toda mención de la ciudad donde nos conocimos. Me encantaba haberme convertido en una fascinante desconocida que llegaba como toda una profesional a Lisboa con solo veintisiete años. ¿Acaso no fue eso lo primero que me gustó de vivir en Europa? Saber que podría escribir un nuevo libro de mi vida, desde una página en blanco. Decirle a Alexandre Paiva de dónde me conocía sin duda apagaría la alerta naranja que titilaba en mi cabeza. Estaba segura de que él dejaría de envolverme con su alemán melodioso, de que alejaría esos dedos que mantenía a escasos centímetros de los míos. Una voz dentro de mí comenzó a repetir: Vete, vete, despídete, escóndete mientras aún haya tiempo. Pero yo no me movía de ese asiento en la barra. Mi mano continuaba cerca de la copa y de los dedos de Alexandre Paiva. Si nos tomábamos de las manos, el resto se deslizaría como por un tobogán hasta la cama de mi habitación.

Mientras miraba sus ojos azules, su boca, el cuello impecable de su camisa, lo imaginaba todo como un baile. Después de cerrar la puerta de mi cuarto detrás de él, yo entrelazaría mis manos por detrás de su cuello. Él tomaría mi cintura, palparíamos nuestras mejillas. No oiría susurros ni respiraciones tensas, sino un tango, alguna versión moderna de La cumparsita. Yo echaría mi espalda hacia atrás para evitar sus labios, él me halaría hacia su pecho, yo intentaría soltarme y me alejaría, pero él me tomaría la mano y me devolvería hacia el frente, con la otra mano sostendría mi cintura, caminaría hacia delante, vía la cama; yo daría una vuelta, lo haría retroceder, con una pierna acariciaría su cadera, él deslizaría su mano por mi silueta hasta sostenerme el muslo. Yo bajaría la pierna, descendería por las suyas, me pondría de espaldas y lo tantearía y trataría de adivinarlo bajo su ropa. Nuestras extremidades se enredarían mientras diéramos vueltas alrededor de la cama. Él después me alzaría, se dejaría estrechar por mis piernas y me depositaría en la cama, donde le confesaría que me sabía los bailes prohibidos de Latinoamérica y se los demostraría todos, desde la lambada hasta el baile del perrito. Él me diría, Frau Zellweger, no me la imaginaba así.

Pensaba en esto mientras Alexandre Paiva me miraba en la barra y sentí que las mejillas se me calentaban. Una sola caída, aunque fuera una sola en todo mi matrimonio, bastaría para romper el cristal. La infidelidad es un camino sin retorno. Si caía con Alexandre Paiva, otros amantes no tardarían en aparecer y circular por mi vida.

—Se hace tarde. Estoy muy cansada. Me voy a dormir —dije y de una vez me levanté.

Alexandre Paiva, un poco sorprendido, hizo lo mismo. Le solté un par de frases convencionales y educadas de despedida y agradecimiento por las atenciones. Él respondió con la misma amabilidad. Cuando me alejaba del bar, nerviosa, respirando profundo, lo oí llamarme.

—Frau Zellweger…

Por un segundo, vacilé en fingir que no había oído y seguir de largo, pero me volteé.

—Su marido es muy afortunado en tener a una mujer como usted.

Yo esbocé una sonrisa y me largué rápido a mi habitación. Cerré la puerta detrás de mí, imaginé a Alexandre Paiva bailando conmigo, mis manos entrelazando su cuello, mi pierna acariciando su cadera, él sosteniendo mi muslo, hasta aterrizar en la cama, donde me entregué a la fantasía en cuerpo y mente. De pronto, desperté de mi trance y estaba acostada, sin sueño, sin terminar de desvestir, con la falda arrugadísima, y la habitación se me llenó de una culpa que me aplastaba desde el techo. Estoy salvada, me repetía, no pasó nada, mañana regreso a casa. Pero no estaba tranquila. Pensé en llamar a alguien del grupo de apoyo, pero era demasiado tarde; también para llamar a Caspar. Le metería un susto a esa hora. Entonces, ataqué el minibar. Me comí dos barras de chocolate casi sin masticar. Respiré profundo e imaginé que me tocaría una noche larga sin dormir.

 

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