II

Martes 24 de septiembre de 2002

No hay mejor día para iniciar un diario que aquel en que comienza a cambiar nuestra vida. Aunque empezó como cualquier martes y ha terminado con mi atracón de torta de piña (como cada vez que mi mamá prepara postres), ha sucedido algo increíble. Por eso, decidí estrenar este diario que mis padres me dieron de cumpleaños y escribir mientras trato de aplacar el arrepentimiento por mi glotonería.

A las cinco de la tarde, yo estaba en la clase de Farmacología. Me había sentado en el centro de la primera fila de ese auditorio para cien personas que la Facultad de Medicina de la Universidad del Zulia ha asignado para la cátedra. Ninguno de esos cien compañeros a mis lados y a mi espalda me distraía de Nicolás Luengo, aquel profesor cuyo atractivo redescubro en cada clase. Estará iniciando los cuarenta años y tiene el cabello plateado, ojos color café, barba de candado y una piel muy blanca de herencia española. Mientras él hablaba sobre el sistema nervioso periférico, yo recorría con los ojos la periferia de su cuerpo. Miraba el cierre de su pantalón e imaginaba el foco de mis próximos experimentos. Ya domino la técnica de desabrochar cinturones de tanto ponerla en práctica con Pablo Duque. Pero me tenía nerviosa que Nicolás Luengo no pasaba del sistema nervioso periférico. No bajaba los ojos hacia mí a pesar de mi posición privilegiada en el auditorio (tuve que llegar con más de media hora de antelación para conseguirla). Ni siquiera me miró al pasar la lista y, cuando entró en la clase y lo saludé, solo respondió «buenos días» y no «buenos días, Sofía», como de costumbre, con una sonrisa.

Yo estaba segura de que le gustaba. La semana pasada, durante un congreso organizado por la Facultad, Nicolás Luengo conversó conmigo mientras tomábamos café e inclinó el torso hacia mí mientras hablaba y me miraba a los ojos, y sentí su aprobación durante mis comentarios sobre la intervención del último ponente. En el mismo congreso, buscó una vez mi mirada entre los asistentes, le guiñé un ojo y él disimuló una sonrisa. Eran varias señales, que contrastaban con lo que vi durante la clase. Al terminar la hora, me acerqué a él y le quise preguntar algo, pero alegó que estaba ocupado y ni siquiera contestó cuando me despedí de él. Salí del auditorio marchita, decepcionada por tanto esfuerzo de llegar mucho más temprano de lo que necesitaba, para que todo fuera esa clase sobre el sistema nervioso periférico y ni un solo paso adelante para conquistar al doctor Nicolás Luengo. Si tengo a Pablo Duque, otro doctor de su edad, en la palma de la mano, no puede ser tan difícil incluir a Nicolás Luengo en mi lista, pensé.

Me miré en el reflejo de una ventana de vidrios ahumados. No estaba bonita. Aunque el mono de enfermería me favorece, no puedo ocultar que tengo la cintura ancha y barriga, y ese pelo a la altura de las mandíbulas tan crespo y tan amorfo. Qué difícil es competir con mis compañeras espigadas, con cabellos lisos, fuertes, hasta media espalda, que llegan con escotes, mostrando unos vientres planos, y llenas de collares, pulseras, anillos, zarcillos de moda, que lucen todo el rato en la Facultad hasta el momento de entrar en un salón de clases o en el auditorio, que es cuando se ponen la bata blanca. Yo no tengo gusto para elegir prendas y, cuando me pongo alguna, me siento como muestrario de un buhonero. Salvo unos aretes pequeños de plata y el reloj que me regalaron para la primera comunión no llevo nada. El maquillaje no me luce y con mi cutis graso se disuelve como azúcar en café. No he conseguido un labial que se quede en mi boca aunque compré de esos de larga duración y solo tomo agua con pitillo mientras estoy allá en la Facultad, en los días en que sé que voy a ver a Nicolás Luengo.

Mientras seguía parada en el pasillo, sin ánimo para sacar las fotocopias de otro mamotreto vetusto de Medicina o buscar en la biblioteca un libro que necesito para el próximo examen, vi pasar a Bernardo Martens, mi primer amor platónico en el Colegio Alemán de Maracaibo. Yo había ingresado en bachillerato, cuando a mi papá la empresa lo trasladó de mi Maturín natal al otro extremo del país. Él me había inscrito en ese colegio porque siempre estaba con el afán de que yo aprendiera un idioma que, aparte de rocoso y hermético, me parecía absolutamente inútil en mis circunstancias.

El colegio quedaba bien lejos de nuestro apartamento en Maracaibo y, como por el horario, no se combinaba ni con el trabajo de papi ni el de la farmacia que regenta mi madre, me pusieron en el transporte escolar. A mí me recogían entre las primeras y el señor Castro, un hombre bajito con barriga cervecera, no me devolvía el saludo a esa hora de la mañana en que aún no se divisaba el sol y lo único que había para despertar era música llanera en la radio. A Bernardo Martens lo recogían entre los últimos y venía siempre con la franela por dentro, perfumado y recién bañado, acompañado por otra muchacha de su clase que vivía en su edificio. Nunca miraba hacia mi asiento y se dedicaba a conversar con la otra chica. Él estaba en el penúltimo año de bachillerato y yo en séptimo grado cuando lo conocí. Una sola vez le monté conversación, un día en que la otra faltó, pero él me siguió con poco interés.

Años después, lo volví a encontrar en la Facultad de Medicina, lo vi en listas de preparadores, en el cuadro de honor, en voluntarios para la organización de congresos, entre los integrantes de un proyecto de investigación del mismo Nicolás Luengo. Sigue bello, con sus anteojos sin montura, sus labios en forma de corazón, blanco, de cabello y ojos negros. Todo un doctor exitoso a pesar de su corta edad, tan interesado en otras mil actividades a pesar de las exigencias de una carrera como Medicina.

Cuando pasó delante de mí, le sonreí a Bernardo Martens con toda la esperanza perdida de mi adolescencia, como quien despierta de un sueño, con una coquetería que no sé de dónde salió en medio de mi sistema nervioso tan periférico. Bernardo me miró y advertí una cierta sorpresa en él cuando descubrió mi rostro. Apartó la mirada un segundo, pero a los pocos instantes me la devolvió, destilando curiosidad. Yo me acerqué a una cartelera e hice como si leyera alguno de los innumerables papeles y anuncios pegados con tachuelas. Bernardo se acercó a la misma cartelera, se paró a mi lado e imitó mi gesto. Yo recibí su cercanía con otra sonrisa y le dije:

—¿Te acuerdas de mí, Bernardo?

Nunca me habían sonreído con más convencimiento de no haberme visto en la vida.

—Ambos estudiamos en el Colegio Alemán —continué—. Soy Sofía Bautista. Pero, claro, tú te graduaste unos años antes que yo. Íbamos en el mismo transporte, el del señor Castro.

—¡El señor Castro! ¡Claro! ¡Me acuerdo muy bien del señor Castro! —replicó, con una voz de cascada fresca, que invitaba a bañarse, a sumergirse, a ahogarse y dejarse arrastrar— ¡Qué de tiempo que no oía del colegio! ¿Qué tal si nos tomamos algo mientras intercambiamos recuerdos? ¿No tienes ningún compromiso?

—No, ninguno —contesté con una sonrisa aún más amplia. Eso sí era un éxito después del desplante de Nicolás Luengo. El estudiante más buenmozo y talentoso de Medicina me invitaba a salir así de buenas a primeras, sin yo haber hecho más que mirar y sonreír. Él quería dirigirse de una vez al estacionamiento, pero yo le dije que necesitaba ir al baño. Estando allá, llamé por el celular a mi novio Cristian. Los martes siempre me va a buscar a la salida de la clase, cuando él termina sus prácticas en el bufete, y de allí solemos irnos a cenar. Le inventé que debía prepararme para un examen y que me iba a reunir con un grupo de compañeros.

—Pero… los martes es el único día entre semana para nosotros —sollozó Cristian. Qué fastidio con él, con su cara de bebé Gerber haciendo pucheros que por suerte no tuve que ver hoy. Estoy harta de sus besos babosos y su olor a talco hipoalergénico.

—Ajá, Cristian, pero mi estudio es más importante. ¿Quieres que me raspen en el examen, que sea una doctora mediocre? Tú sabes que esta carrera es muy sacrificada. Me paso todo el día entre la Facultad y los hospitales para tener que aguantarme esa malacrianza tuya. ¡Es el colmo! ¡No me respetas!

Cristian sollozó aún más. Al fin, le tranqué el celular y lo apagué. Cuando me reuní con Bernardo Martens, acababa de cepillarme los crespos, retocarme el labial y ponerme algo más de perfume. El carro de Bernardo es un Honda pulido azul que huele a nuevo. ¡A cuántos sitios interesantes podrá llevarme en ese carro! Bernardo sugirió ir a Stravagante, un restaurante con precios homónimos que queda cerca de la Facultad, donde había cocinado hasta Sumito Estévez, el reconocido chef venezolano. Desde luego, todo es muy gourmet. La verdad hubiera preferido ir a tomar helados en la 4D, apenas a una cuadra de allí, o comer pastelitos en Montserrate. Hasta me hubiera animado más Wendy’s o McDonald’s. Yo con esas comidas gourmet no me entiendo.

Entré en Stravagante decidida a pedir un plato lo más convencional y barato posible. Pero, en vez de buscar un lugar en planta baja, donde un maitre esperaba en medio de unas mesas cuajadas de copas y cubiertos y música suave de fondo, Bernardo se dirigió al bar de la planta superior. Nos sentamos en un sofá ante una mesita baja de madera oscura. Bernardo pidió la carta de vinos y la leyó con sumo cuidado. Ordenó un vino rosado de no sé qué marca. Yo opté por lo mismo. En una revista, leí que es una táctica de seducción para indicar empatía y, ante la duda por lo del vino, resultaba más que prudente.

Bernardo se quitó los lentes. Mostró unos ojos de color café atentísimos, embriagantes. No son negros como me parecieron al principio. Bernardo me preguntó cómo había llegado al Colegio Alemán. Le conté que había nacido en Maturín (de allí pasó a llamarme «monaguense» el resto de la velada), le hablé del trabajo de mi padre, de mis dificultades en el colegio al comienzo. Yo no daba pie con bola con el alemán. No me iban a asignar al grupo selecto de seis alumnos que cursaban ocho horas de clase semanales en vez de las tres que les correspondían a los demás. Mi papá, cuando lo supo, fue al colegio para exigir que me pusieran en ese grupo, alegando que para mí era imprescindible porque me iría a estudiar la carrera en Alemania. Y a mí eso ni me interesa, Bernardo. Estoy contenta aquí en Venezuela. No tengo nada que buscar allá. A nuestro país le hace daño esa fuga de cerebros. Claro, claro, Bernardo me escuchaba y asentía mientras tomaba pequeños sorbos del vino rosado. Qué delicia estar al lado de un chico así y qué delicia era seguir hablando como si nada cuando él me tomó la mano firme, decidido, y yo acaricié la suya con la otra mano. Así, distraídamente, como si no hubiera nada romántico. Él sí es un buen partido: bello, emprendedor, inteligente, de mi profesión, le cae bien a todo el mundo. Ya estoy decidida a botar a Bebé Gerber, a no volver al laboratorio incómodo con Pablo Duque y a no coquetearle nunca más a Nicolás Luengo. Bernardo es un hombre para enamorarse, para conjugar el doctor Jekyll y Míster Hyde en mí, para cambiar mi vida.

Después de pagar la cuenta, Bernardo se incorporó en el sofá y me abrazó. Buscó mis labios, pero aparté la cara; en su lugar, él besó mi cuello, mientras me mantenía atrapada por la cintura y los hombros.

—¿Y una mujer tan sensual como tú no tiene novio, amante ni nada? —preguntó con suspicacia, trazando con su aliento el camino hacia mis labios.

—Sí tengo novio —contesté temblando. Yo quiero a Bernardo para algo serio. Eso podría alejarlo.

—¿Estudia Medicina?

—No.

—¿Es médico?

—Tampoco.

Entonces, no resistí más y dejé que sus labios me encontraran. Nos dimos un beso seco, donde nuestras bocas abiertas apenas se rozaron.

—Entonces todo es más fácil —exclamó con una dicha velada. Yo no entendí bien a qué se refería.

—¿Tú tienes novia? —pregunté temblando más aún.

—Tengo a alguien por ahí. —Me dio otro beso para acallar las preguntas que le quería formular, similares a las suyas sobre mi novio—. ¿Te puedo invitar a salir otra noche entre semana?

—Claro, pero mejor a un sitio más privado, donde nos podamos conocer mejor —le dije.

—¡Ay, monaguense! —exclamó, sosteniendo mi cara con sus manos, con el mismo tono con el que pudiera haber dicho «puta».

Después, fuimos al estacionamiento y me llevó a mi casa. Me abrió la puerta del carro y me acompañó hasta la entrada del edificio. Cuando alcé los brazos para acercarme a su cuello y darle un beso de despedida, miré las estrellas y me pareció el cielo más bonito del mundo para recibir a un nuevo amor.

Al entrar en el apartamento, el aire acondicionado me despojó de una hipnosis. Bernardo Martens no está disponible. Sale con otra mujer. A él no le importa que yo tenga novio. ¿Qué es lo que él considera fácil? ¿Que yo ande con alguien más? Encendí el celular. De inmediato cayó una llamada de Cristian, preguntando cómo me había ido en el estudio. Respondí que estaba muy cansada y que dejara de molestar. Tranqué otra vez el teléfono antes de ponerlo a cargar en el comedor. Había una torta de piña en el centro de la mesa, con un triángulo faltante. Un cuchillo aguardaba junto a la tortera. Comencé a cortar pedacitos de torta y a comérmelos con la mano mientras pensaba. Haber aguantado un día más antes del primer beso era difícil, dadas las circunstancias; pero yo había exagerado con mi sugerencia. ¿Semejante insinuación así de una vez? Bernardo habrá creído que soy una resbalosa, una lanzada que se acuesta con cualquiera. Aún puedo arrepentirme y, cuando me llame (¿me llamará?), me haré la dura. Si no, no me va a tomar en serio y debo hacer que deje a la mujer que tenga por ahí. Quizás no cueste tanto lograr que se enamore de mí. Pensaba y pensaba, y algo me ponía cada vez más intranquila, hasta que reparé en que me había comido de una sentada media torta de piña. Mi madre me va a regañar, me va a llamar tragaldabas otra vez, voy a engordar más, voy a perder lo poco que he logrado en el gimnasio con tanto esfuerzo. Mis padres están dormidos. Mejor: no habría preguntas. Entonces, me fui de una vez al baño y tomé medidas para que lo de la torta no tenga consecuencias.

 

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